viernes, 15 de febrero de 2019

De muertos y otros vicios

Morirse es como emprender un viaje en una carretera circular, sin calles y sin camino. es mirarse desde fuera como un espectador con ojo crítico, entrenado para encontrar tus mejores errores. Para echártelos en cara. Para burlarse de tus fallas.

Morirse es integrarse al silencio. Es formar parte del caos que se hunde en un instante.  Y sin embargo, morirse es adictivo. Conozco a varios que mueren día a día. Hora tras hora. No tienen nada  mejor qué hacer, más que morirse. Lo gozan y lo saben. 

Son ajenos a sí mismos, son la voz de los lamentos. Imagen de la saña con que describen sus reflejos. Hablan de todos y de nadie. Pasan las horas mirando a los otros y se olvidan, como se olvidan las promesas. Y si se miran, si acaso se miran, sólo miran morirse sin remedio. Resignadamente. No les importa. Prefieren morirse a pensar un instante en ellos mismos. Temen. Morirse es más sencillo. 

Mientras intento escribir en mi vieja lap, pasan a mi lado: caminando con sus pies de muerto. Y su andar de muerto. Y sus ojos de muerto que se meten hasta el fondo de mis letras. Y yo tomo con fuerza la taza de café que aún expele su calor al cielo. Y los miro de reojo intentando no fijar la vista  porque si se sienten observados podrían revivir. Sólo para morir nuevamente. 

viernes, 1 de enero de 2016

Eterna juventud

Tres treinta de la mañana. Luego de celebrar la cuenta de los días, la conclusión de un ciclo y el reinicio de una nueva cuenta de estos días que habrán de conformar un nuevo ciclo llamado año, que de acuerdo con el Calendario Gregoriano en esta ocasión será año bisiesto; después de abrazar y ser abrazado por todos los integrantes de mi familia y después de brindar tras escuchar los parabienes que se lanzaron al universo, regresé a casa donde mi perro esperaba mi llegada. Todavía en medio del sopor en el que el tequila me envolvió, lo abracé emocionado e hice un brindis por su salud y por su felicidad. El Rocko, impávido, me miraba e intercambiaba la mirada hacia la puerta. Su clásica señal que significa que es urgente salir.  Entendí que él tenía otras prioridades. Que lo único que le importaba era salir a buscar un lugar para hacer sus necesidades. Interrumpí mi discurso y le abrí la puerta. Salimos a caminar por el barrio para que hiciera lo suyo. Regresamos a casa y se fue directo a su lugar favorito para dormir: la parte superior de la escalera de emergencias. Pinche Rocko, me quedó claro que le valen madre los años nuevos. Que no le importan los nuevos meses, semanas y días. Tras quedarme un momento observando cómo se echaba a dormir entendí por qué no envejece.



domingo, 9 de noviembre de 2014

De recuerdos y otro males

Los recuerdos dolorosos se estacionan en medio de los ojos. Son como un bache en la carretera, de esos que te toman por sorpresa cuando vienes a una velocidad importante. Que provocabn que toda la carrocería retumbe porque caíste por completo. Así sucede con los recuerdos, te atrapan y te conducen a un callejón sin retorno donde una y otra vez se repite la historia, la misma película, el mismo dolor, la misma angustia, vivir recordando, recordar los dolores, doler de nuevo.

Cuando me di cuenta de esto, tomé los recuerdos con la mano izquierda y los lancé por una coladera. Dice Don Juan Matus que el hombre de conocimiento no tiene una historia personal, y yo estoy de acuerdo. No sabes cuánta carga dejé de arrastrar conmigo, cuánto peso me ahorré, cuánto tiempo dejé de perder en pensar cosas que ya habían pasado. Esto tan simple me permitió dedicar mi energía a construir un mejor hoy, a mirarme desde un campo visual sin los límites que imponen los sucesos anteriores. Vivir auí y ahora.  

Por eso es que a veces no me salen las palabras mientras esperas que te cuente algo, por eso prefiero el silencio antes que buscar en algún recoveco escenas olvidadas, antes que jugar con el tiempo y volver ¡pff! —volver, esa palabra que implica el retroceso y la insistencia—  volver a vivir lo mismo. Vivir lo vivido, dejar de vivir por un momento. No, eso no es lo mío. 

martes, 3 de junio de 2014

Lo cotidiano

Abro los ojos. No logro reconocer el tiempo que me rodea. No sé si aún es hoy o ya es mañana. Las dos botellas de tequila siguen tiradas en la alfombra de la casa. Esta casa gira en sentidos opuestos, me marea su movimiento incesante. Recorro la cortina para que ingrese un poco de luz, es inútil. Es la hora en que no es de día ni de noche, por eso resulta imposible determinar el día en que vivo. Busco a mi perro por la sala y por el patio, dónde pinches se habrá metido, pinche Rocko. No lo veo, intento un chiflido y sale una especie de bufido que no se escucha. Es un hecho, no está en casa.

Me siento tentado a salir y tocar la puerta de la vecina, preguntarle qué día es y si vio salir a mi perro. Me avergüenzo y declino. Sería la tercera vez en esta semana que le pregunto lo mismo. Camino hacia el baño, abro la llave del lavabo, la que debiera entregar agua caliente, sólo hay fría. Me lavo la cara y me toco apenas el cabello para intentar peinarlo. No hay toalla a la mano, me seco con la playera que traigo puesta y busco mis lentes oscuros. No puedo salir sin ellos. Vuelve la sed. Abro de nuevo la llave del lavabo y con las dos manos hago un recipiente para beber agua.

Salgo a la calle y parece que todo sigue igual que cuando llegué a casa la última vez. Los mismos carros viejos estacionados, la misma basura, el mismo olor a miados de perro. Doy unos pasos hasta la esquina y veo venir al Rocko, me mira y corre meneando la cola en todo lo alto. Acaricio su cabeza, y regresamos a casa. Apenas entramos y regresan los mareos. Recojo una botella y me tomo el último trago de tequila que se escondía en el fondo. Recorro la cortina, ahora quiero que la oscuridad se apodere de la casa y me envuelva en un letargo largo y profundo. Busco una nueva botella de tequila que aleje las luces que insisten en iluminar mi mente. Recuerdo que sigo sin saber el día que es. Abro la puerta, salgo, y toco en la casa de la vecina, esta vez será diferente, no le preguntaré nada sobre mi perro.



viernes, 18 de abril de 2014

Campo de astillas

A veces mi piel se pone de nena y exige unas manos que le obsequien caricias. Y es cuando me odio por no lograr provocarte emociones efusivas para que te entregues en un abrazo largo y duradero. Uno sabe que las ganas se agotan en un día cualquiera como se agota el sabor del beso robado. 

El espejo es una fuente de dudas y de verdades. El tipo del espejo cada vez se mira apesadumbrado. El tiempo deja rastros que se reflejan en la ausencia de brillo en sus ojos y el color de su pelo que se extingue. No cabe duda, en un abrir y cerrar de ojos inicia el camino de regreso. El camino hacia la nueva eternidad. Y en ese camino no vale ir en pareja. El boleto individual se cobra por separado. Mejor estar preparado para renovar la soledad y el aislamiento. Un camino angosto que exige caminar de a uno. 

Mi piel es un campo sembrado de astillas. Hiere tus manos cuando la tocan, acaso soportas un leve segundo y te alejas. Te retiras. Sangran tus manos de recuerdos, de heridas que acarician. Hay los que se habitúan al tacto doloroso. Y hay quienes le huyen. 

A veces mi piel se pone de nena y te sueña. Y el odio a mi debilidad se incrementa. Y sólo me queda mirar al tipo del espejo que esconde sus nuevas arrugas con un disfraz de serenidad, con un gesto que intenta parecer una sonrisa sin lograrlo.

martes, 15 de octubre de 2013

El Saturno

El Saturno
—Sólo los pendejos tocan el claxon, me dijo El Saturno. —Si vas a rebasar, hazlo, porque no hay peor pendejo que el que va atrás de un pendejo.

El Saturno era líder de escoltas de un delegado en la Ciudad de México, y yo era un pinche sin quehacer al que estaban enseñando a manejar agresivamente para circular en chinga por las caóticas calles citadinas.

Planeábamos robar una gasolinera de la calzada Zaragoza y de acuerdo con el plan, yo sería el encargado de conducir y llevar a salvo a la banda. El Saturno no manejaba porque era el más diestro en amagar e inmovilizar a los despachadores. Además por su corpulencia y voz recia impresionaba desde el primer contacto.

—Nunca hagas que un carro se enfrene bruscamente, no queremos tener incidentes ni llamar la atención.

Por la radio oficial avisaron que el delegado estaba listo para salir en diez minutos. Me ordenó que me orillara para cambiar de posiciones. Él manejaría para llegar en menos de diez minutos hasta el edificio delegacional. Estábamos a cerca de veinticinco kilómetros de distancia merodeando la gasolinera de la Zaragoza. Efectivamente, llegamos en ocho minutos. Todavía antes de llegar se dio tiempo para que yo bajara del auto en la parte trasera de la delegación.

Como yo no hacía nada,  ni estudiaba ni trabajaba, todos los días salía del barrio, donde conocí a El Saturno, y me iba a esa delegación a perder el tiempo. Como el delegado tampoco hacía mucho, El Saturno no tenía trabajo, así que nos la pasábamos perdiendo el tiempo todo el pinche día. Él se metía coca cada media hora, mientras que yo tomaba tequila con refresco de toronja que vendían en lata. En medio de tanta pendejada planeábamos cómo salir de pobres.

El Saturno era todo un caso —no sé por qué mis amigos siempre son un caso— estaba casado con la secretaria de un juez del registro civil con la que vivía en una casa a las orillas de Tláhuac, no tenían hijos. Pero también estaba casado con La Güera. Una chica que vendía zapatos y ropa por catálogo. Con ella vivía en un departamento cerca del Panteón Civil de Iztapalapa. Tenían una hija. Lo cagado era que con cada una vivía quince días. No sé cómo le hizo pero las tenía convencidas de que su jefe, el delegado, estaba quince días en la ciudad y quince días de gira porque quería ser candidato al gobierno del Distrito  Federal y como él era el jefe de escoltas, tenía que acompañarlo. Así que era perfecto, cuando estaba en la ciudad con una, avisaba a la otra que andaba de gira. Y viceversa.

Cuando bajé del auto El Saturno me pidió que pasara por su departamento en la noche. Era viernes y mientras daba la hora me fui a un deportivo a dar el rol. Francamente no pasó nada interesante. A las 7 me fui al departamento. Supe que ya había llegado El Saturno porque afuera estaba su nave. Un New Yorker plateado disfrazado con una antena para parecer de judicial. 

La Güera era una chaparrita, menudita, guapa y muy franca, simpática. Todo lo contrario a la otra mujer de El Saturno, quien ni siquiera le permitía invitar amigos a su casa. Nos dio de cenar y pasamos a la salita donde tomamos tequila y cerveza. Yo tequila, ellos cerveza. El Saturno además se metía coca a manos llenas, se atascaba y seguía tomando. Oíamos música de banda, que le gustaba a El Saturno, y comíamos chicharrones con salsa picante. Hablábamos pura pendejada, nada coherente, pero parecíamos muy divertidos.  La Güera había dejado a su hija en casa de su mamá. Reíamos como locos aunque no decíamos nada gracioso. 

Casi daban las tres y media de la mañana y El Saturno se había terminado el polvo, así que muy pronto el alcohol hizo su trabajo, se estaba jeteando en el sillón. Yo apenas andaba medio pedo porque mi organismo procesa muy rápido el tequila. La Güera también estaba hasta la madre, pero puso un disco de salsa y me dijo que bailáramos. Durante el baile me decía que al pinche Saturno no le gustaba bailar y que a ella le encabronaba porque siempre se tenía que quedar sentada en las fiestas, cuando la llevaba, porque además, ni siquiera la dejaba bailar ni con sus parientes. Qué bueno que viniste hace mucho no bailaba, y cómo me hacía falta. Se recargaba en mi pecho y yo la noté un poco rara. No se me hacía normal estar bailando con la mujer —con una de las mujeres— de mi amigo, mientras él roncaba en el sofá. Me separé de La Güera y ella me jaló con fuerza. ¿Por qué me sueltas? creo que ya estás peda, mejor me voy yendo. No me dejes sola, El Saturno ya está noqueado, y yo qué voy a hacer con estas ganas. Se me apretaba fuertemente y ponía sus labios en mis brazos. Mira Güera, eres la mujer del Saturno, no te voy a coger. ¿Le tienes tanto miedo? Lloraba y se reía, pero no me soltaba, seguíamos bailando. Si le tengo miedo o no, es mi asunto. Pero no te voy a coger. ¿Tú crees? Se me colgó del cuello y me plantó un beso húmedo, sexoso, de esos que cuando te los dan no terminan hasta que la penetras, hasta que estás dentro de ella. Le agarré las nalgas, la apreté contra mí y le volví a decir, pinche Güera no te voy a coger, pero si quieres apúntate con unos besotes. La tomé del cabello y la obligué a arrodillarse. Me bajó el pantalón y no paró hasta que me vine en su boca.

Me salí del departamento, El Saturno seguía roncando. La Güera había ido al baño a limpiarse y yo aproveché para salir de ahí.

Me desaparecí por varios meses de los rumbos de aquella delegación. El Saturno a veces iba al barrio y preguntaba por mí. Nadie le daba razón. Yo me busqué un trabajo y me ocupaba buena parte del día en encontrarme.

Un día me topé a El Saturno caminando por el barrio. Andaba con una caguama en la mano, se veía jodido. Me preguntó por qué me había desaparecido, le conté que me puse a trabajar. Le pregunté cómo andaba todo y me dijo que acababa de dejar a La Güera, porque le ponía con un vecino. Que cuando se enteró la encañonó con la cuarenta y cinco. La puso sobre su cabeza, cortó cartucho, pero no la pudo matar. Sacó la bala de la recámara y se la dio. Le dijo aquí está tu vida hija de la chingada. Al vecino le dio dos balazos. No supo si vivió o murió. Sólo atiné a decirle,  pero todavía tienes a la otra, no hay pedo. Nunca la quise y me trata de la chingada.

Se apretó la chamarra de los raiders, caminó hacia el otro lado del barrio, aventó la botella de caguama vacía y la estrelló en la pared de una escuela. Se despidió y antes de doblar la esquina me gritó, de veras cabrón, ¿cuándo vamos a robar la gasolinera?

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Que sabe a manzana

El sabor de un lejano recuerdo me amarga la boca. Se apropia de mi lengua y de mi garganta. Inútilmente pretendo expulsarlo usando un enjuague bucal que sabe a manzana.

Me mareo cada vez que los bloques de recuerdos encuentran el sitio de donde fueron extraídos, extirpados con una cirugía fina en manos de un inexperto doctor de barrio. Suenan las alarmas, los ojos se borran, los latidos le recuerdan al corazón que la sangre debe circular y éste obedece, manso, dócil. Las nubes bajaron del cielo y se alojaron en mis pupilas. La casa —esta casa de siempre— se mueve a cada abrir y cerrar de ojos. Intenta confundirme entre sus pasillos sin puertas.

Es una mañana sin espejos. Las palabras se construyen como un rompecabezas incompleto que rematan en una tienda en bancarrota. Cómo saliste de ahí, cómo escapaste, me pregunto mientras se integra mi noción de tiempo y de espacio. Debieras volver a tu nada original, a donde no dañas. Eres como una falta ortográfica, como un borrón en un examen. Como una marca en la nariz de un adolescente. 

Esta vez ni tus nalgas podrán salvarte. Te expulso, te veto. Te niego en la negación de lo que nunca has sido. Pasarás otros tantos años en ese mundo que escondo bajo la piel de mis manos, en el mundo que obedece al pensamiento no deseado. 

lunes, 29 de abril de 2013

Empezar

Sólo he sido fiel a mi aversión por los amores añejos. El amor eterno dura lo que tarda en llegar el otro. El nuevo. El verdadero. El verdadero amor siempre es el siguiente.

A veces despertaba y desconocía a la tipa de a lado. Y entonces iniciaba el sistema de desagüe para que se perdiera en un remolino de agua y tierra. Que llegara lejos, tan lejos en el tiempo espacio, como para que fuera imposible conocernos. No es fácil volverte ajeno a quien compartió la cama por tantos días pero lo facilita el hecho de haber apartado un poco de ti para ti solo. Ser cauto y no obsequiar tu todo.

Si me preguntas qué es lo más difícil de empezar de nuevo después de cada adiós, te diría que el adiós. No tengo dudas de ello.



domingo, 14 de abril de 2013

Derrumbes ajenos

Me gusta contarme historias que me dictan mis sentidos. A veces dedico grandes lotes de tiempo a la conversación conmigo mismo. 

Supongo que eso me ha de hacer parecer ido o idiota, cuando la gente me habla y mi mayor atención está en la trama de la historia que justo me estoy contando y no hago caso. No es sencillo reexplicarme el mundo, por eso de pronto mis inflexiones son continuas.

A ella le cagaba que yo no hablara, sobre todo cuando quería escuchar mis palabras que siempre daban en el blanco, que le herían y le hacían sentir poco menos que nada. Pero uno no está todos los días dispuesto a pisotear al otro, a veces es necesario acabar con uno mismo, antes que seguir contemplando el derrumbe ajeno. Por eso prefirió la distancia. Escogió una ruta tan larga que se acercaba peligrosamente por el lado opuesto. Ruta circular. 

Sueño

¿Y si esto fuera un sueño? ¿Y si todos fuéramos parte de una pesadilla de uno que cenó demasiadas calorías por la noche? Lo único que se me ocurre cuando llegan estas preguntas idiotas es desear con todas mis fuerzas que ya suene el despertador del desgraciado.

jueves, 31 de enero de 2013

Mientras todos duermen


La noche es el momento en que el mundo es nuestro, mientras todos duermen. El mundo que subyace al tedio, al capítulo de ayer. La noche es el espacio abierto donde uno se encuentra con los otros, los que no están ahí, los que matan el tiempo buscando entre los telones oscuros de la ciudad. De esta ciudad que se erige como una locación enfermiza para los que temen a la noche. Al saberse solos. Solos entre tantos que buscan. Al saberse muchos. Al encontrar las mismas condenas. Los mismos síntomas. Los mismos diagnósticos.

A veces uno piensa que la mejor forma de que la noche sea eterna es quebrando las luces de las farolas de la calle; y arremeto contra los focos que traicionan a la capa oscura que cae en mis rumbos.

Todos duermen y yo pienso que les sobran pesadillas y les faltan sueños, porque si los tuvieran, estarían despiertos como yo, construyendo a pasos lentos y seguros, los mundos que se sueñan. 

Soñar de otra forma no tendría sentido. Si no soñamos para definir el mundo que habremos de crear en los próximos seis días, entonces soñar es una verdadera pérdida de tiempo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Reencuentro

Por fin me reencuentro con mi vieja lap. Tan olvidada como me olvido a veces de mí mismo.

Olvidarse de uno mismo es un ejercicio más común de lo que pudiera creerse y, tal vez, sucede de forma imprevisible.

Me olvido de mí cuando trato de recrear el pasado.
Cuando enfoco a los otros.

Cuando pienso en los defectos de los demás y
 hago énfasis en cada detalle.

Cuando permito que las ideas de los otros
se impongan a las mías.

Cuando abandono mis principios e ideales,
así, nada más para no discutir.

Cuando me escondo del mundo bajo las sábanas.
Cuando me pregunto por asuntos que
no tienen relación conmigo.

Cuando me pongo a averiguar
de las tristezas ajenas.
Cuando me preocupo por las preocupaciones de alguien.

Encuentro mi vieja lap en una esquina de la casa, la enciendo y veo que aún funciona. La sacudo y limpio su pantalla, escucho el sonido de las teclas que bajan y suben mientras escribo. Y mis dedos entonan un concierto de letras y espacios para dejar en tinta electrónica un testimonio de este reinicio que habrá de continuar hasta que los nuevos silencios salgan a la luz y marquen otro ciclo. Otra vuelta.

lunes, 18 de junio de 2012

Cicatrices

Cuando me voy a bañar ocupo largos minutos para mirarme en un espejo de pared que tengo en la puerta de la ducha. Es un espejo largo y profundo, que parece abarcar la casa de a lado. En ese espejo he descubierto cicatrices que aparecen o desaparecen a voluntad. Hoy por ejemplo, de reojo miré sobre mi pecho una especie de llama, una pequeña flama, como de una fogata que se consume. La revisé con calma, probé borrarla con las yemas de mis dedos, intenté pasar un algodón con alcohol, sólo por no dejar, pero la cicatriz seguía a la vista. Entonces comprendí que era el resultado de muchas noches lejos de ti y por eso te espero afuera de tu casa y mientras sales, escribo para borrar cicatrices que no recuerdo haber visto antes.

lunes, 4 de junio de 2012

La nada de ti

A veces hace falta encontar un espacio entre los gruñidos de un perro.  Lo busco en una esquina sin vuelta. Uno puede ser invisible, sobre todo cuando los párpados de una hermosa mujer se cierran.

No tengo imágenes en mi memoria contraída, mis momentos se hacen nubes y se pierden entre las nubes. Soy un mito, soy una historia escrita a cuatro manos. Las mías y las del otro. En ocasiones me gusta más ser el otro. El que se esconde tras la máscara del que soy.

Mi perro se acerca a mis pies mientras estoy sentado en este parque solitario. En esta noche sin luna. Noche sin ti. Está siempre alerta, gruñe ante cualquier movimiento del viento. Lo sigue con la mirada como un cazador. El viento se esconde —precavido—  tras las hojas de los árboles.

Y mis ojos se pierden tras una larga fila de insectos que se cansan de intentar encontrarme. Les ofrezco una pista, estoy aquí.

Y prefiero cerrar los ojos y pensar en la nada de ti que de pronto me ha envuelto. Mientras evoco a Bukowski y sonrío, ante la falta de una copa en la mano.

No hay nada que discutir / no hay nada que recordar / no hay nada que olvidar / es triste / y no es triste / parece que la cosa más sensata /que una persona puede hacer / es estar sentada con una copa en la mano.

lunes, 27 de febrero de 2012

Sigo siendo el mismo

Despierto y veo que sigo siendo el mismo. 

A nadie sorprenden mis cambios repentinos. Ya nadie se asusta de verme con los ojos llenos de vacío. Sin esa inmediata dilatación que se supone debería provocar la luz en mis pupilas. El de la bata blanca agita su cabeza. Guarda la luz en el bolsillo. Me ajustan el blanco cierre de dos camisas que no dejan moverme.

Soy el reflejo de tus dudas, soy el mar que devoró tu canto. No intentes alcanzarme, estoy junto a ti y sin moverme. Tímida sombra que aparece bajo tu manto. ¿Y si las mañanas regresaran? Quiero irme nadando en una nube de verano. Tomar tu mano y poder gritar de pronto. Un segundo que se acorta en el tic tac de un reloj que indica la hora de una ciudad que no conozco. ¿Recuerdas tu nombre ahora? Sólo puedo pronunciar estas palabras. Mar, canto, luz, verano. 

Amanece y me despierto. Sigo siendo el mismo.

domingo, 22 de enero de 2012

Tatuaje

Regreso a casa después de estar medio día con mi novia. Sí, leíste bien, tengo una novia. Aunque parezca idiota, lo he vuelto a hacer. Volví a caer en una estrella fugaz como es el amar. Una estrella que, con todo y su hermosa juventud, me complementa.

Ya sé que tengo cientos de historias que deberían servir para desistir de este intento. Ya sé que mis finales favoritos no son los de un cuento de hadas. Ya sé que la memoria de repente se desborda, sale de su celda y surge. Evoca pasajes olvidados. Pero qué importa, si, al final, sus labios logran detener el tiempo. Si sus manos intercambian energía con las mías. Si me ofrece una habitación entre sus brazos, con esa hospitalidad propia de quien ama. 

Me estoy tatuando su nombre en la mente y un tatuaje permanece, siempre.

Regreso a casa y sigo oliendo a su cuerpo, mis manos son su aroma. Mis labios saben a su sexo. Fruta exótica que se vuelve un vicio, una adicción. Me recuesto sobre la cama, cierro los ojos. La miro sobre de mí. Y sé, cuando me habla con sus ojos, que nos hemos conjugado. 

Y busco mi sitio en la cama, mientras Sabina se adueña de mi ipod:


"Apenas vi que un ojo me guiñaba la vida
Le pedi que a su antojo dispusiera de mi
Ella me dio las llaves de la ciudad prohibida
Yo todo lo que tengo que es nada se lo di..."


Y encuentro que hasta los sueños han regresado, me duermo como nunca.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Sacar la cuenta

Mi casa parecía una sucursal de las farmacias del ahorro. Cajas y cajas de medicinas por todos lados. Ranitidina para la gastritis. Cafiaspirinas para los dolores de cabeza. Algunas cremas y ungüentos para las infecciones. Toda una colección de pastillas, cápsulas, jarabes, grageas y tabletas, la mayoría sin abrir, es lo que fui encontrando mientras recorría todas las gavetas de la cocina, sobre el refri, tras el espejo del baño, en los cajones de la mesita de noche, y en el clóset del vestidor.

No sé durante cuántos años se acumuló tanta basura química, lo cierto es que hasta ahora que he vuelto a vivir solo y que tuve tiempo de escombrar la casa es que me encontré con esta farmacia. Sólo por ociosidad me puse a sacar la cuenta de lo gastado en esos medicamentos y casi me voy de espaldas, con ese dinero bien pude comprar una pantalla más grande para el cuarto de tv. 

Y es que ella tenía la manía de consultar a infinidad de médicos para diferentes síntomas, solía comprar medicinas, tomarlas un día y después guardarlas en algún cajón. Era un estilo de vida. De una vida que busca en el exterior cómo arreglar sus conflictos internos. 

domingo, 13 de noviembre de 2011

Zara


No estoy muy seguro pero tengo la idea de que a mi hermana Zara le fue más complicado sobreponerse a la impresión de pobreza que vivimos en nuestra niñez. Ahora ella es una importante ejecutiva que trabaja en una empresa norteamericana de tecnología, vive en una enorme residencia con piscina en los Estados Unidos y a la menor provocación dice una frase: "nada de pobrezas".

Y es que si alguien padeció de las carencias familiares fue ella, porque era la más dedicada y clavada con los estudios; y porque nunca había suficiente dinero para comprar sus libros, su ropa, sus pasajes, etcétera. Mi otra hermana y yo éramos más conchudos y sabíamos arreglarnos para andar por la vida sin que mis padres nos proveyeran de dinero.

Cuando entré a la secundaria empecé a vender chácharas aprovechando mi estancia en los tianguis, donde mi madre vendía ropa usada y revistas atrasadas. Con la obtención de mis propios ingresos, que aunque no eran muy grandes, los dineros familiares, que se suponía me tocaban, se los cedía a Zara. Mi otra hermana constantemente le daba también lo de su semana para que ella tuviera sus pasajes seguros, no nos gustaba verla en la depre y en la neura porque le faltara algo. También de vez en cuando me gustaba comprarle algo de ropa nueva. Eso le hacía muy feliz.

Así que, con todo y los obstáculos económicos, terminó el bachillerato, ingresó a la universidad y cursó su carrera. Inmediatamente que se incorporó a la vida laboral destacó por su dominio de muchos temas que a las empresas interesaban. Tantas horas de estudio le premiaron. Así que evolucionó rápidamente. En agradecimiento, me apoyó para que terminara la preparatoria, yo la había abandonado debido a mis relaciones con gente extraña. 

Entre ella y mi otra hermana me pagaron los primeros semestres de una prepa particular. Yo me hice de una beca casi completa a partir del tercer semestre y pude concluirla, para que años después me graduara en mi profesión.

Por mi parte, me sigue gustando ir al tianguis a comprar cuanta madre encuentro. Pero ella no. Ahora compra en grandes tiendas, cosas que no le sirven pero que le gustan, le enferma comer en la calle y prefiere los grandes restaurantes, un lujo que los dólares le permiten. 

Cuando viene a la ciudad, evita las zonas que le recuerdan lo que fuimos, se concentra en recorrer y tal vez conocer la parte bonita de la urbe. No la juzgo. La quiero tanto que me llena de emoción verla tan triunfadora. Sólo que, tal vez, le haría bien bajar, de vez en cuando, a sus raíces.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El mismo

El sarcasmo se vuelve una defensa contra la indiferencia. El problema es cuando la vida te aplica la misma dosis que tú has repartido a lo largo del tiempo.

Cuando crees que has encontrado una pista y que debes seguirla porque todo apunta a que ese ser se acopla a ti, que existen coincidencias increibles, que es parte de tu mundo mágico. Y te sientes diferente, y te piensas diferente, y te comportas diferente, porque estás convencido de que lo eres.

Y te das cuenta de que tus marcas no se quitan, que te identifica ese signo que creías perdido, que pasarán siglos y seguirás etiquetado, por siempre, para siempre. El mismo. El que habías desterrado, el que debiste enterrar en una tumba de concreto. El mismo. El del espejo, el que se ríe de ti cuando dices que no tienes historia, el que te mira desde la ventana y te señala, y te acusa, y te descubre. El mismo. El que sabe todo de ti. El que se asoma cada vez que intentas dar la vuelta  a la página, sólo para que sepas que te mira, que está ahí. El mismo. El que te susurra al oído tus debilidades, el que te jala de la ropa cuando vas subiendo, el que te dice que todo está perdido. El que te dicta palabras para escribirlas en un blog que nadie lee.

Y vuelves a tener esa sensación semejante a cuando volaste por primera vez y no sabías cómo bajar. Y tuviste que gritar para que no te estrellaras contra el suelo. O aquellas veces en que te urgía despertar y le llamabas a alguien para que te ayudara y no te escuchaba; y sabías que estabas dormido porque mirabas tu cuerpo en la cama. Y tenías miedo de que el día amaneciera y tú no estuvieras contigo para continuar y pensabas que entonces todo terminaría.

Pero ahora no sientes miedo por ti, sino por ella,  porque sólo deseas el bien para ella, porque la amas. Y no puedes decirle adiós porque la amas y no puedes decirle que la amas, porque la amas.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Santos Evangelios

Despiertas, buscas con tu mano el cuerpo de tu compañera, de esa mujer que se ha impreso en tu piel, en tu memoria, en tu tacto, en tu olfato y hasta en tu aura. No la encuentras.

Abres los ojos y reconoces una habitación con muchas lámparas, no es tu casa, luego entonces, es un hotel. ¿Cómo estar en un hotel sin ella?. Te sientes como un imbécil cuando recuerdas cómo llegaste a ese lugar.

Extiendes tu brazo para alcanzar la blackberry y le envías un mensaje amoroso. No te contesta. La vida suele ser tan sarcástica como tú. 

Y ahí permaneces, con los ojos abiertos, mirando al reloj que parece negarse a avanzar después de las 3:45. Buscas entre tus cosas un libro que te salve, todos han sido leídos. Hurgas en un cajón y encuentras un compendio de los Santos Evangelios, te apuras a leer: "No contamina al hombre lo que entra en la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre..." Mateo 15:10.

Dejas a un lado el pequeño libro y cierras los ojos, una mirada conocida te encuentra, te saluda. Mirada tierna, amorosa, cálida. Te pierdes con ella y descansas, aunque sigues despierto.