sábado, 14 de agosto de 2010

Un breve silencio

Gaby me llamaba por teléfono cada vez que se sentía asustada por los efectos de la marihuana, solía esconderse en el clóset de su casa y esperar a que llegara para acompañarla en ese trance. Generalmente tenía que brincarme por una ventana de su recámara. Su casa, ubicada en un lujoso fraccionamiento, no era lo que se puede llamar muy segura. Su madre llegaba después de las once de la noche, al terminar su turno en el hospital donde trabajaba como enfermera. No se me puede culpar de su adicción, por el contrario, siempre hice lo que pude por ayudarle, pero la soledad y el exceso de recursos económicos la originaron.

A pesar de todo, nunca me aproveché de sus circunstancias, aunque su cuerpo y su cara me volvían loco desde el día que la conocí, siempre pudo más el sentir correcto. Fue en una fiesta en que alcohol y alguna medicina para la migraña nos llevaron a besarnos y algo más. Después de ese día todo volvió a la normalidad. La última vez que hablamos me invitó a su boda. Obviamente no fui.

Puede decirse que lo que más recuerdo de ella son sus largas sesiones de silencio. Un breve silencio es la prueba más grande de lo lejos que pueda llegar cualquier relación. Si puedes estar en silencio con alguien, si no sientes esa necesidad que te embarga por preguntar, por quererte enterar de su mundo interior, entonces, existe una gran posibilidad de que estés con la persona adecuada.

jueves, 12 de agosto de 2010

A la papelera

Mientras escucho los sonidos de la guitarra y la batería en el ensayo de esta banda, que intenta impregnarme de punk, escribo poemas que jamás publicaré. Que jamás saldrán de la papelera de reciclaje de mi vieja lap. Mis dedos parecen tomar su propias decisiones y asestan golpes de tecla para derramar la ronda de palabras que, burlonas, se asoman en varias páginas, sonríen y se esconden. Andanada de metralla entre verbos y sustantivos. Adjetivar los sentimientos no hace más fácil su reflexión.

Aun sabiendo que no serán leídos por nadie, me hago cargo de eliminar todo rastro, matando absolutamente la posibilidad de que alguien la identifique, a ella, a quien con dogmas e imágenes gastadas se retrata en cada verso, en cada renglón. No quiero pecar de paranoico pero siento pánico de verme descubierto, de saberme vulnerable si acaso salen a la luz mis obsesiones, o mejor dicho, "la sujeta" de mis obsesiones. Cómo volverla a mirar a los ojos, cómo decirle lo siento, si mis pensamientos más sucios afloran cuando la pienso.

viernes, 6 de agosto de 2010

Obsesión

Cualquier departamento es muy grande cuando vives solo. Llegar  sin compañía en las noches del fin de semana, suele ser más deprimente que una boda. Así que cuando esto me ocurre procuro embriagarme antes de dormir, como si el alcohol sirviera de atrapasueños, aquellos objetos que los indios norteamericanos utilizaban para que los niños durmieran y tuvieran sólo sueños bellos.

Mañana se cumple un año más de que vivo en este lugar. La sala ya la he cambiado tres veces y aún me sigue pareciendo inapropiada. Mi sillón reclinable es el único lugar que realmente me hace dormir. A lado derecho tengo una mesa de centro donde descansa la botella de tequila Don Julio, un vaso y un par de libros a medio leer. 

Es cierto que tengo una pantalla plana de cincuenta pulgadas, empotrada en la pared, un equipo de audio con bocinas wifi en toda la sala, y que mi recamara cuenta con cama king size y jacuzzi con masaje. Sin mencionar que en mi cajón de estacionamiento luce un magnífico deportivo rojo. Pero nada de ello satisface a una mente en discordia. Podría vivir en un cuarto de dos por dos y seguramente sentiría la misma opresión cada vez que me descubra solo.

No estoy muy convencido si todo ello explica mi obsesión por buscar amores fugaces, o más bien sea la causa por la que me esfuerzo en alejar todo aquello que implique compromiso. Para que de esta forma, permanentemente, me invada este estado.