domingo, 10 de octubre de 2010

Pecado de omisión

En algún momento también me pregunté cómo fue que me hice de ese hábito, o mejor sería llamarlo deshábito; puesto que un hábito es la repetición de una conducta, de un proceder, en tanto que lo mío, es todo lo contrario, la repetición de un no actuar, no hacer, no decir. Pecado de omisión. 

Lo cierto es que he mejorado bastante, por lo menos existe un par de personas con las que puedo medio hablar, medio decir lo que siento, eso es un logro infinito. Aunque quedan resquicios, palabras que no emergen. Si no lo digo de un jalón, ya no digo nada. Y eso no es simpático porque se quedan cientos de frases en mi mente. No lo niego, a veces con un peso específico que se va sumando a los pesos que traigo cargando y que se vuelven un lastre, un freno que no deja continuar. 

Dudo si habré de encontrar la fórmula para romper el hechizo que alguien derramó sobre mi boca, que se niega a pronunciar ciertas palabras, en el momento más inoportuno. Si hiciera una lista de situaciones que requerían hablar y no lo hice, además de ocioso, sería interminable. Cisma entre mente, cerebro y órgano.

A pesar de ello, me han dicho ocasionalmente que les agrada hablar conmigo y yo me río en mis adentros, ¿hablar? si generalmente sólo escucho y acaso menciono algo que pretende ser inteligente. Aunque mi proceso mental genere ideas cada segundo, ideas que se quedan en estado potencial, a la espera de que llegue la persona adecuada para escucharlas.

sábado, 9 de octubre de 2010

Ciudad de Dioses

Diariamente en esa ciudad de Dioses pasan las cosas más ridículas que puedas imaginar. Los Dioses rezan a un ser superior, piden, claman, imploran por su salvación, por su abastecimiento, por su salud, por su felicidad. Dioses derrotados.

¿Qué es superior a un Dios? ¿Tal vez un súper Dios? ¿Un Dios grado A? ¿Dónde se hace el examen para subir de grado divino?

jueves, 7 de octubre de 2010

Cuántas otras manos

Ayer viajé en el metro. Sin libros que leer; observando a una pareja de jóvenes he vuelto a reconocer esas miradas que se encuentran, las manos que se tocan con deleite, que acarician el rostro del otro, de la otra, besos que callan. Y me recordé cuántas veces habían sido mis manos, mi boca las que protagonizaron esa escena. Y recordé también cuántas otras manos y bocas estuvieron con las mías. Y cada vez asegurando que, ahora sí, era la definitiva, la última. Qué risa, al paso del tiempo todas acabaron igual, todas. Como si algún escritor malévolo hubiera redactado un guión que se repite, en el que sólo cambia la actriz en turno. La estrella. ¿Recuerdas a Bill Murray en Groundhog Day? 

 No se me puede acusar de dejarme derrotar. Mi búsqueda ha sido continua, y mis experiencias hacen que no pueda dejar de recordar el poema de Oliverio Girondo:  "... Que tu mujer te engañe hasta con los buzones / que al acostarse junto a ti / se metamorfosee en sanguijuela / y que después de parir un cuervo / alumbre una llave inglesa...    ...Y que te enamores, tan locamente / de una caja de hierro / que no puedas dejar / ni por un sólo instante / de lamerle la cerradura".

Cerré mis ojos y me propuse que no existía el par de jóvenes que me generaron tantas historias en mi memoria. No necesariamente acabarán como yo, seguramente sus circunstancias son diferentes, por lo que podrían haberse encontrado en su ultimidad. No te enamores de la primera, enamórate de la última. 

Ajusté mis audifonos y me concentré en mi Ipod en el instante en que The Cure describía perfectamente mi sensación: "Suddenly I stop / But I know it's too late / I'm lost in a forest / All alone / The girl was never there / It's always the same / I'm running towards nothing / Again and again and again and again"