jueves, 17 de febrero de 2011

Cuarto de alquiler

Ella cayó al piso llorando a grito tendido. Su esposo la mira. Llora también. Se observa la palma de la mano con que ha golpeado a la mujer. Se desatiende de ella y en un arranque de coraje arremete contra los vasos y platos que están sobre la mesa, los arroja contra la pared. Ninguno de los dos ha parado de llorar y de gritar.

Él intenta abrazar a su esposa, recibe como respuesta un jalón de cabello. Su larga melena, como de rockero ochentero, sufre las consecuencias. La aprieta contra sí, le pide perdón, ella le dice que se largará de ese lugar, que es la última vez que la verá, que se arrepiente de haberse casado con él, que hubiera preferido quedarse sola por el resto de su vida.

Él sale de su pequeña vivienda: un cuarto que hace de sala, cocina, recamara y comedor, con un baño de un metro cuadrado. Como siempre viene a buscarme a casa, casi son las cuatro de la tarde. 

Hemos sido amigos desde niños, crecimos juntos, hicimos historia recorriendo lugares divertidos, peligrosos, hasta prohibidos. Siempre a escondidas de mi madre y de su abuela. Como la vez que nos fuimos a la recien inaugurada central de abasto a pescarnos del primer camión rabón que encontramos. Le preguntamos al chofer a dónde se dirigía, Veracruz era su destino, y por extensión, también el nuestro. Estuvimos dos días por aquellas tierras, juntamos un poco de dinero ayudando en un muelle. Allí mismo conseguimos transporte de regreso, en un torton que entregaría naranja en el DF.  Él tenía catorce años, yo tenía doce.

Ahora, muchos años después, nos embriagábamos mientras me contaba de su nueva pelea. Por lo de siempre, la falta de dinero. Era tan tradicional el pleito diario con su esposa que habíamos convenido en que su himno sería la canción, que escuchábamos en ese momento, de Silvio Rodríguez: "...Aprendí de un buen amigo a pegarle a mi mujer / a llevar los pantalones, como es la tradición / y ella iba a mi trabajo  / para sorprenderme en algo ilegal..."

Lo corrí de mi casa después de las doce de la noche. 

Cuando regrese a su cuartucho encontrará vacía la caja donde ella guardaba su ropa. Notará que se llevó la pequeña grabadora en que sólo podían escuchar la radio. Él tomará tequila por los próximos ocho días. Yo lo acompañaré por momentos. Y en un tugurio cercano a cárcel de mujeres, conocerá a una mesera, madre de tres niños, con la que dormirá por varias semanas, con la que conocerá nuevos vicios cuando la lleve a vivir consigo en su mísero cuarto de  alquiler, donde ella morirá por una sobredosis y él quedará a cargo de los niños.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Tardes de domingo

Como tantas otras cosas en la vida el ser feliz es una decisión personal. Y no podría ser de otra forma. Creo que uno aprende a tomar esa decisión cuando puede ser capaz de disfrutar hasta sus depresiones. 

Recuerdo las tardes de domingo en mi departamento, generalmente con resaca por la cantidad de alcohol ingerido en el fin de semana. La depresión como única invitada. Ventanas cerradas, las cortinas negras muy gruesas que impedían el paso del sol, como nubes que empañan el cielo. Penumbras. Miedo de estar vivo, incertidumbre de morir sin hacer algo notable. Lágrimas, pesar, ausencia. Pensamientos equivocados, pensar en ti, saberte lejos, ajena. Y Pink Floyd repetía por horas:

"...How I wish, 
how I wish you were here.
We're just two lost souls
swimming in a fish bowl,
year after year,
Running over the same old ground.
What have you found? 
The same old fears.
Wish you were here."

Horas en que la vida hacía una pausa. No tiempo, no espacio; mente viajera; tour al infierno; infierno de Dante. Holocausto. Resurección. Un buen día aprendí a gozar de esas sesiones y me satisfacía mi capacidad de depresión. Alcancé límites extremos y de pronto comprendí que había llegado a mi máxima expresión. Que no hay algo más allá de esa tendencia -aunque alguien insista en que siempre hay algo más allá de cualquier cosa-. Entendí que también la depresión me hacía feliz. Que la felicidad no depende de recibir tal o cual premio, de tener cerca a alguien, de comprar la mejor cháchara, sino de una determinación y que consiste en una forma de vida, libre, sin más causa que la causa propia.

Ahora si te tengo soy feliz, y también si no te tengo. Si me buscas, si no me llamas, si cambias, si eres la misma, si vives, si me ignoras, si me quieres.

jueves, 3 de febrero de 2011

Señas particulares

Si bien es cierto, con mi vida he dado giros inesperados. Tan imprevistos que hasta la gente que piensa que me conoce demasiado resulta sorprendida con los lados que van saliendo a la luz. Lados que han permanecido cubiertos tras la brillantez de otras caras que son más evidentes. 

Ayer tenía antojo de comer birria, como en una ocasión encontré en internet una receta muy buena,  me dispuse a cocinarla. Para comprar los ingredientes necesarios acudí a un mercado popular, -estoy en contra de comprar en las tiendas de autoservicio- debo mencionar que hacía mucho tiempo que no iba a ese mercado, principalmente porque hay otros más cercanos a casa. Compré la carne y me acerqué al puesto de frutas y verduras. La mujer que vendía me observó con curiosidad: "¿No te acuerdas de mí? soy Alicia". Entonces caí en cuenta: era y no era ella. No quedaba rastro de su bella cara. Ni sus enormes ojos reflejaban el brillo de antaño. Ya ni hablar de su cintura. En verdad que el tiempo hizo su trabajo en su persona. Cerca de ahí, su marido me veía con resentimiento. 

Me sorprendió al decirme: "Me acuerdo cuando me llevaste serenata con tu bola de amigos. Hubieras visto como se puso mi mamá, me regañó y me prohibió salir contigo, decía que eras una mala influencia y que seguro ibas a terminar drogo o en la cárcel. Que eras un vago, pandillero, sin oficio ni beneficio. Como me vio contigo cuando me esperaste fuera del bachilleres, me mandó a vivir con mi tía". -Ah, con que esa fue la razón por la que desapareciste de la colonia. "Sí", me contestó, "mi mamá estaba muy preocupada por la fama que tenías".

Regresé a la noche en que después de varias viña real, mientras cantábamos canciones del Tri, al ritmo de mi guitarra, de pronto me levanté, tome mi lira y dije: "voy a llevarle serenata a la Alicia". Todos se levantaron como impulsados por un resorte, sabían del carácter de doña Cata. Pero solidarios como sólo se puede ser a cierta edad, se unieron a mi idea. Llegamos a su casa y nos arrancamos con esa canción que dice: "...Más prendido que el sol / más obscuro que la negra noche / más profundo que el mar / más absurdo que la realidad / más ardiente que el fuego infernal / más inmenso que la eternidad / así es el vacío que se siente / cuando tu no estás...". Y si la memoria no me falla, terminamos cantando algo de Leo Dan, aunque no estoy seguro de la canción que sabía tocar de él. La serenata terminó cuando doña Cata salió a darnos las gracias por la atención.

Según me contó Alicia, hace un par de años, cuando su esposo fue despedido de una oficina de cobranza, compraron el negocio y entre ella y él lo atienden. Su suegra cuida de sus cuatro niñas y ella prepara comida por las mañanas. 

Me despedí, -Salúdame a tu mamá; dile que me viste; que terminé la carrera; que tengo un hermoso auto; una casa; un departamento; y un perro. Y que preparo una birria que la dejaría sin habla. Ella soltó la carcajada, por lo menos la risa no la extravió como pasó con sus otras señas particulares.