miércoles, 6 de abril de 2011

Contemplar el universo

Qué curioso que las matemáticas sean el reflejo de la armonía del universo. Si algo puede ser descrito con un modelo matemático es porque se trata de algo cuyas partes pertenecen a un modelo armonioso. Por ejemplo la música.

Espero la media noche para subir a mi terraza y tumbarme en un tapete a mirar el cielo. No sé qué espero ver, no sé si pretendo encontrar algo, supongo que no. Porque si tuviera un propósito astronómico, seguro tendría un telescopio. Y mi observar es a simple vista, acaso con mis anteojos, que no necesito, pero que siempre uso.

Más bien lo que me gusta de esa práctica es sentir la armonía que hay en el todo. Y por extensión, si en el todo hay armonía y yo soy parte del todo, es atinado pensar que yo soy armonioso.

La noche y yo somos uno. Me pierdo en su cabellera negra, en su oscuridad. Pequeño punto infinito en la eterna dimensión. Como un lunar diminuto en el cuerpo hermoso de una dama. Alterno la vista de norte a sur, saludo también al este y oeste. Hago un ritual ceremonioso para ver que nada falte. Ahí están todos los cuerpos vistos la noche anterior, tal vez con excepción de alguna luz que ya no existe. Pero en términos generales, todo está en su sitio.

Por fin encuentro el sentido de esta novedosa conducta: quiero elegir un planeta para hacerme de él. Tenerlo listo para que, llegado el momento, lo envuelva en un pañuelo y te lo entregue en custodia, posiblemente te lo cambie por un beso, único elemento capaz de provocarme un sentido similar a contemplar el universo.

lunes, 4 de abril de 2011

Mi boca fue la llave

Nunca me preocupó no ser el más guapo del grupo. Pronto me dí cuenta que si bien era cierto que tenía amigos mejor parecidos, también lo era que mi habilidad para hacerme de chicas era mayor que la de ellos. Ahora que lo pienso, la poesía de grandes escritores me acercaron a una infinidad de mujeres, sin demeritar mi facilidad por recordarlas y susurrarlas a sus oídos. En cierta forma esa consecuencia fortaleció mi gusto por leer poesía, y en general, por leer.

A qué adolescente no le movería el piso si alguien le escribe, por ejemplo de Andrés Eloy Blanco: "No sé si me olvidarás,  / ni si es amor este miedo;/ yo sólo sé que te vas, / yo sólo sé que me quedo". 

Cuando cursé la prepa ya tenía en mi repertorio al buen Benedetti, Incluso a Antonio Plaza, y solía repartir a las compañeras guapas algunos textos como: "Porque eterno será mi amor profundo, / que en ti pienso constante y desgraciado, / como piensa en la vida el moribundo, / como piensa en la gloria el condenado". 

Siempre tuve la confianza en que lo difícil era lograr un beso, sabía por experiencia que eso era suficiente para transmitir pasión, deseo, incluso amor. Mi boca fue la llave para abrir puertas muy cerradas.

Luego, años más tarde, me encuentro con una ausencia de letras que me ayuden a decirte qué pasa por mi interior cuando te evoco, cuando te escucho, cuando te veo. Y es que es un laberinto de sensaciones apenas controlable que salta de eco en eco, rebota, vibra y se sacude para intentar ocultarse, bloquearse. Lo peor de todo es que no sé si aún funciona el poder de mis labios. Están sin uso, desde hace un tiempo.

sábado, 2 de abril de 2011

Miedo

Si uno se da cuenta de que existen grandes diferencias que abren un abismo con quien aparentemente es su compañía, ¿debería decirlo? o mejor guardar silencio y esperar a que el tiempo haga su trabajo.

¿Es válido hacer como que nada pasa, o poner distancia de por medio, antes de que la realidad exhiba el gran teatro que se ha formado entre dos mentalidades?. Mi opinión se reduce al hecho de que lo que nos orilla a fingir que nada pasa, es el miedo. Miedo a reconocer un equívoco, miedo a reiniciar lo andado, miedo a enfrentarnos a las preguntas que por siempre harán los demás. Miedo al señalamiento. Miedo, miedo, siempre el miedo.

En lo que a mí respecta, aprendí muy tarde a estar solo. A reconocerme como un ente individual, no colectivo. Lamentablemente cuando me dí cuenta de ello, ya era imposible resolver ciertos asuntos sin dañar a alguien. No porque ese alguien estuviera ligado a mí por algún sentimiento real e irrompible —nada más lejos de la verdad— sino porque también estaba enmedio de un caos. El caos había unido su andar con el mío. Cuando dos equivocados se unen, no puede resultar algo correcto; por el contrario, la equivocación se agiganta. Así que paradójicamente al dañarla le hacía un bien. Me hubiera gustado darle las gracias por todo. Porque, con todo y lo equivocados que éramos, estuvo ahí. Y no niego que en algún momento hubo apego. Sin embargo, la vida se encargó de llevarnos a donde cada uno vislumbraba para sí. No sin antes regalarnos la maravilla de trascender.

Después de aquello, aparentemente, se formó un callo. Ahora es más sencillo colocar puntos y aparte; puntos y seguido; y por supuesto, puntos finales.  Es como la primera vez que se tira uno del trampolín de diez metros: al mirar hacia abajo te tiemblan las piernas, se sabe que vas a caer, tan profundo como profundidad tenga la alberca, pero también se sabe que al tocar fondo emergerás y seguramente volverás a subir y a tirarte de nuevo. Con más control. Con más confianza.

Así que finalmente, sé que mientras me mantenga en el ámbito de mis convicciones impecables, estaré bien. Me he sobrepuesto al miedo. Y eso, sí que es una noticia.