domingo, 15 de mayo de 2011

Bienvenida

Y cuando menos me lo espero,  cuando menos me doy cuenta, ya estás otra vez en mi pensamiento. Lo peor de todo es que no me molesta, al contrario, te he abierto las puertas de mi hogar y te has instalado.

Bienvenida, la casa está un poco tirada porque me he acostumbrado a vivir solo en ella. Pero, no obstante, puedes ver que muchas cosas están puestas como si alguien supiera que un día ibas a llegar y se hubiera dedicado a preparar tu arribo.

No temas si ves que de pronto desvarío, son mis constantes ires y venires, cosas de la costumbre. No temas tampoco si te percatas de que las noches son mis días. Que me siento mejor en ambientes oscuros y aislados. Que huyo de las personas comunes. Que armonizo en pocos lugares.

Si estando en mi hogar te sientes alterada, no te asustes, es que mi tiempo y mi espacio están disipados por el impacto que significa tu estancia. No siempre es así, en ocasiones, cuando hay tormentas, se deslizan unas luces que preparan un estallido infinito. Son ideas que persisten a través de un pensar diario y duradero. Que alcanzan su grado perfecto en que se esparcen y se vuelven calma, paz, descanso.

martes, 10 de mayo de 2011

Diez de mayo

Diez de mayo es sinónimo de festivales idiotas en las escuelas primarias públicas. Los niños ensayan unas tres semanas ya sea una tabla gimnástica, un baile regional o la puta idea que se le ocurra a la maestra sindicalizada.

Desde que recuerdo he odiado esos pinches festivalillos de tercera. Nada tiene que ver el hecho de que por única vez me animé,  (o me animaron) a participar en una tabla gimnástica, cuando cursaba tercer grado teniendo seis años. Ensayamos tanto que nos aplaudieron mucho en el patio de la escuela. Gustó de tal forma que nos inscribieron a un concurso delegacional, estatal y luego nacional. Yo decliné de participar en ese circo.

Cuando terminó el numerito en el festival, mientras aplaudían los compañeros y mamás, busqué con ansias a mi madre, quería recibir la felicitación por el esfuerzo que hice, porque no tuvimos ninguna equivocación y los movimientos que hacíamos eran parejitos. Todos mis compañeros estaban con sus madres, pero la mía no fue. Así que tiré los utensilios en un tambo, busqué mi mochila y me fui a casa.

Por eso me rehusé a seguir en el concurso y jamás volví a ser parte de semejante teatro.

jueves, 5 de mayo de 2011

Servilleta sucia

Mi calle se ha vuelto un río turbulento de personas, las voces no se callan en ningún instante. De día y de noche hay alguien contando, hablando, gritando algo. ¿Es que todos tienen algo que decir? o es que asustan con ruidos al fantasma que, ingrato, obliga a pensar lo que pasa. A digerir la realidad. Unos buscando escapar de sí mismos, otros buscando al que fuimos. Delineando al que somos, al que deberíamos ser.

 Los niños gritan, las palabras se escuchan hasta el interior de mi cueva. Ya no hay un sitio para mi encuentro diario con el silencio.

A las dos en punto me levanto del sillón y salgo a caminar con mi perro. Madrugada, frío, aire. Escucho a unas niñas que platican estruendosamente. Sus voces agudas son señal de que se trata de jóvenes. No deben estar lejos. Me encamino hacia la esquina de donde surgen las voces. Son tres chicas de unos diecisiete años, toman cerveza y fuman hierbas. Mi perro las asusta, —No muerde, no se preocupen, digo con certeza. Me miran aturdidas. Miradas difusas. —Si consiguen otro churro yo lo pago. Acceden. Me dan un cigarro un poco mal hecho. Les pido lumbre, lo enciendo y camino hacia el lado norte de la colonia. Al parque donde sé que nadie se atreve a ingresar apenas las luces se esconden.

Mientras fumo deseo escribir un intento de poema que hace tiempo traía atravesado, sólo tengo una servilleta sucia. En ella escribo:

Antes de tres días mirarás al cielo
notarás que ha desaparecido. 
Ahondarás en tu estructura intacta
libarás en sacrificio mi sangre impura.
Gotas de tus ojos mojan mi esperanza
el agua me quema, sus trazos me matan.
No intentes perseguir los años no, no intentes
corren de prisa y jamás los alcanzas.
¿Has llorado últimamente?
mi trillado verbo se enciende en mi frente
Mira las paredes, anuncian tu suerte
calla, rompe, tira, llora, implora: sola.

Contínúo con un diálogo unipersonal que dejé pendiente la vez pasada: —A veces creo que no tengo remedio. Mis confundidas decisiones patean mi confianza. —A mí me cuesta más trabajo definir si soy una de esas personas que le hará feliz por haber aparecido en su vida, o cuando desaparezca de ella.

La memoria es un arma que a veces se vuelve contra uno mismo.

Como decía Bukowsky: "...la manera de terminar un poema como éste, es quedarse de pronto callado".

Y por mi parte, sigo su ejemplo.