Cuaderno virtual para exponer historias, ideas, deseos, vacilaciones, tragedias. Sin datos autobiográficos.
viernes, 1 de enero de 2016
Eterna juventud
Tres treinta de la mañana. Luego de celebrar la cuenta de los días, la conclusión de un ciclo y el reinicio de una nueva cuenta de estos días que habrán de conformar un nuevo ciclo llamado año, que de acuerdo con el Calendario Gregoriano en esta ocasión será año bisiesto; después de abrazar y ser abrazado por todos los integrantes de mi familia y después de brindar tras escuchar los parabienes que se lanzaron al universo, regresé a casa donde mi perro esperaba mi llegada. Todavía en medio del sopor en el que el tequila me envolvió, lo abracé emocionado e hice un brindis por su salud y por su felicidad. El Rocko, impávido, me miraba e intercambiaba la mirada hacia la puerta. Su clásica señal que significa que es urgente salir. Entendí que él tenía otras prioridades. Que lo único que le importaba era salir a buscar un lugar para hacer sus necesidades. Interrumpí mi discurso y le abrí la puerta. Salimos a caminar por el barrio para que hiciera lo suyo. Regresamos a casa y se fue directo a su lugar favorito para dormir: la parte superior de la escalera de emergencias. Pinche Rocko, me quedó claro que le valen madre los años nuevos. Que no le importan los nuevos meses, semanas y días. Tras quedarme un momento observando cómo se echaba a dormir entendí por qué no envejece.
domingo, 9 de noviembre de 2014
De recuerdos y otro males
Los recuerdos dolorosos se estacionan en medio de los ojos. Son como un bache en la carretera, de esos que te toman por sorpresa cuando vienes a una velocidad importante. Que provocabn que toda la carrocería retumbe porque caíste por completo. Así sucede con los recuerdos, te atrapan y te conducen a un callejón sin retorno donde una y otra vez se repite la historia, la misma película, el mismo dolor, la misma angustia, vivir recordando, recordar los dolores, doler de nuevo.
Cuando me di cuenta de esto, tomé los recuerdos con la mano izquierda y los lancé por una coladera. Dice Don Juan Matus que el hombre de conocimiento no tiene una historia personal, y yo estoy de acuerdo. No sabes cuánta carga dejé de arrastrar conmigo, cuánto peso me ahorré, cuánto tiempo dejé de perder en pensar cosas que ya habían pasado. Esto tan simple me permitió dedicar mi energía a construir un mejor hoy, a mirarme desde un campo visual sin los límites que imponen los sucesos anteriores. Vivir auí y ahora.
Por eso es que a veces no me salen las palabras mientras esperas que te cuente algo, por eso prefiero el silencio antes que buscar en algún recoveco escenas olvidadas, antes que jugar con el tiempo y volver ¡pff! —volver, esa palabra que implica el retroceso y la insistencia— volver a vivir lo mismo. Vivir lo vivido, dejar de vivir por un momento. No, eso no es lo mío.
martes, 3 de junio de 2014
Lo cotidiano
Abro los ojos. No logro reconocer
el tiempo que me rodea. No sé si aún es hoy o ya es mañana. Las dos botellas de
tequila siguen tiradas en la alfombra de la casa. Esta casa gira en sentidos
opuestos, me marea su movimiento incesante. Recorro la cortina para que ingrese
un poco de luz, es inútil. Es la hora en que no es de día ni de noche, por eso
resulta imposible determinar el día en que vivo. Busco a mi perro por la sala y
por el patio, dónde pinches se habrá metido, pinche Rocko. No lo veo, intento un chiflido y
sale una especie de bufido que no se escucha. Es un hecho, no está en casa.
Me siento tentado a salir y tocar
la puerta de la vecina, preguntarle qué día es y si vio salir a mi perro. Me avergüenzo
y declino. Sería la tercera vez en esta semana que le pregunto lo mismo. Camino
hacia el baño, abro la llave del lavabo, la que debiera entregar agua caliente,
sólo hay fría. Me lavo la cara y me toco apenas el cabello para intentar
peinarlo. No hay toalla a la mano, me seco con la playera que traigo puesta y busco
mis lentes oscuros. No puedo salir sin ellos. Vuelve la sed. Abro de nuevo la
llave del lavabo y con las dos manos hago un recipiente para beber agua.
Salgo a la calle y parece que todo
sigue igual que cuando llegué a casa la última vez. Los mismos carros viejos estacionados, la
misma basura, el mismo olor a miados de perro. Doy unos pasos hasta la esquina
y veo venir al Rocko, me mira y corre meneando la cola en todo lo alto. Acaricio
su cabeza, y regresamos a casa. Apenas entramos y regresan los mareos. Recojo
una botella y me tomo el último trago de tequila que se escondía en el fondo. Recorro la cortina, ahora quiero que la
oscuridad se apodere de la casa y me envuelva en un letargo largo y profundo.
Busco una nueva botella de tequila que aleje las luces que insisten en iluminar
mi mente. Recuerdo que sigo sin saber el día que es. Abro la puerta, salgo, y
toco en la casa de la vecina, esta vez será diferente, no le preguntaré nada
sobre mi perro.
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