El
Saturno
—Sólo los pendejos tocan el claxon, me dijo El Saturno. —Si
vas a rebasar, hazlo, porque no hay peor pendejo que el que va atrás de un
pendejo.
El Saturno era líder de escoltas de un delegado en la
Ciudad de México, y yo era un pinche sin quehacer al que estaban enseñando a
manejar agresivamente para circular en chinga por las caóticas calles
citadinas.
Planeábamos robar una gasolinera de la calzada Zaragoza y
de acuerdo con el plan, yo sería el encargado de conducir y llevar a salvo a la
banda. El Saturno no manejaba porque era el más diestro en amagar e inmovilizar
a los despachadores. Además por su corpulencia y voz recia impresionaba desde el
primer contacto.
—Nunca hagas que un carro se enfrene bruscamente, no
queremos tener incidentes ni llamar la atención.
Por la radio oficial avisaron que el delegado estaba listo
para salir en diez minutos. Me ordenó que me orillara para cambiar de posiciones.
Él manejaría para llegar en menos de diez minutos hasta el edificio
delegacional. Estábamos a cerca de veinticinco kilómetros de distancia
merodeando la gasolinera de la Zaragoza. Efectivamente, llegamos en ocho
minutos. Todavía antes de llegar se dio tiempo para que yo bajara del auto en
la parte trasera de la delegación.
Como yo no hacía nada,
ni estudiaba ni trabajaba, todos los días salía del barrio, donde conocí
a El Saturno, y me iba a esa delegación a perder el tiempo. Como el delegado tampoco
hacía mucho, El Saturno no tenía trabajo, así que nos la pasábamos
perdiendo el tiempo todo el pinche día. Él se metía coca cada media hora,
mientras que yo tomaba tequila con refresco de toronja que vendían en lata. En
medio de tanta pendejada planeábamos cómo salir de pobres.
El Saturno era todo un caso —no sé por qué mis amigos
siempre son un caso— estaba casado con la secretaria de un juez del registro
civil con la que vivía en una casa a las orillas de Tláhuac, no tenían hijos.
Pero también estaba casado con La Güera. Una chica que vendía zapatos y ropa
por catálogo. Con ella vivía en un departamento cerca del Panteón Civil de
Iztapalapa. Tenían una hija. Lo cagado era que con cada una vivía quince días.
No sé cómo le hizo pero las tenía convencidas de que su jefe, el delegado,
estaba quince días en la ciudad y quince días de gira porque quería ser
candidato al gobierno del Distrito
Federal y como él era el jefe de escoltas, tenía que acompañarlo. Así que
era perfecto, cuando estaba en la ciudad con una, avisaba a la otra que andaba
de gira. Y viceversa.
Cuando bajé del auto El Saturno me pidió que pasara por su
departamento en la noche. Era viernes y mientras daba la hora me fui a un
deportivo a dar el rol. Francamente no pasó nada interesante. A las 7 me fui al
departamento. Supe que ya había llegado El Saturno porque afuera estaba su
nave. Un New Yorker plateado disfrazado con una antena para parecer de
judicial.
La Güera era una chaparrita, menudita, guapa y muy franca,
simpática. Todo lo contrario a la otra mujer de El Saturno, quien ni siquiera
le permitía invitar amigos a su casa. Nos dio de cenar y pasamos a la salita
donde tomamos tequila y cerveza. Yo tequila, ellos cerveza. El Saturno además
se metía coca a manos llenas, se atascaba y seguía tomando. Oíamos música de
banda, que le gustaba a El Saturno, y comíamos chicharrones con salsa picante.
Hablábamos pura pendejada, nada coherente, pero parecíamos muy divertidos. La Güera había dejado a su hija en casa de su
mamá. Reíamos como locos aunque no decíamos nada gracioso.
Casi daban las tres y media de la mañana y El Saturno se
había terminado el polvo, así que muy pronto el alcohol hizo su trabajo, se
estaba jeteando en el sillón. Yo apenas andaba medio pedo porque mi organismo
procesa muy rápido el tequila. La Güera también estaba hasta la madre, pero
puso un disco de salsa y me dijo que bailáramos. Durante el baile me decía que
al pinche Saturno no le gustaba bailar y que a ella le encabronaba porque
siempre se tenía que quedar sentada en las fiestas, cuando la llevaba, porque
además, ni siquiera la dejaba bailar ni con sus parientes. Qué bueno que
viniste hace mucho no bailaba, y cómo me hacía falta. Se recargaba en mi pecho
y yo la noté un poco rara. No se me hacía normal estar bailando con la mujer —con
una de las mujeres— de mi amigo, mientras él roncaba en el sofá. Me separé de
La Güera y ella me jaló con fuerza. ¿Por qué me sueltas? creo que ya estás
peda, mejor me voy yendo. No me dejes sola, El Saturno ya está noqueado, y yo
qué voy a hacer con estas ganas. Se me apretaba fuertemente y ponía sus labios en mis
brazos. Mira Güera, eres la mujer del Saturno, no te voy a coger. ¿Le tienes
tanto miedo? Lloraba y se reía, pero no me soltaba, seguíamos bailando. Si le
tengo miedo o no, es mi asunto. Pero no te voy a coger. ¿Tú crees? Se me colgó
del cuello y me plantó un beso húmedo, sexoso, de esos que cuando te los dan no
terminan hasta que la penetras, hasta que estás dentro de ella. Le agarré las
nalgas, la apreté contra mí y le volví a decir, pinche Güera no te voy a coger,
pero si quieres apúntate con unos besotes. La tomé del cabello y la obligué a
arrodillarse. Me bajó el pantalón y no paró hasta que me vine en su boca.
Me salí del departamento, El Saturno seguía roncando. La
Güera había ido al baño a limpiarse y yo aproveché para salir de ahí.
Me desaparecí por varios meses de los rumbos de aquella
delegación. El Saturno a veces iba al barrio y preguntaba por mí. Nadie le daba
razón. Yo me busqué un trabajo y me ocupaba buena parte del día en encontrarme.
Un día me topé a El Saturno caminando por el barrio. Andaba
con una caguama en la mano, se veía jodido. Me preguntó por qué me había
desaparecido, le conté que me puse a trabajar. Le pregunté cómo andaba todo y me
dijo que acababa de dejar a La Güera, porque le ponía con un vecino. Que cuando se
enteró la encañonó con la cuarenta y cinco. La puso sobre su cabeza, cortó cartucho, pero
no la pudo matar. Sacó la bala de la recámara y se la dio. Le dijo aquí está tu
vida hija de la chingada. Al vecino le dio dos balazos. No supo si vivió o
murió. Sólo atiné a decirle, pero
todavía tienes a la otra, no hay pedo. Nunca la quise y me trata de la
chingada.
Se apretó la chamarra de los raiders, caminó hacia el otro
lado del barrio, aventó la botella de caguama vacía y la estrelló en la pared
de una escuela. Se despidió y antes de doblar la esquina me gritó, de veras
cabrón, ¿cuándo vamos a robar la gasolinera?